Un remanso de paz en el mar bravío

Una impresionante postal de Valdoviño. Este rincón de la costa de Ferrolterra lo tiene todo. Capilla, faro y olas, muchas olas, que son las que al final descubren una versión u otra de este espacio natural


Una imagen pintoresca en medio del indómito Atlántico. La costa de Valdoviño regala a quien la visita, además de una colección de concurridas playas, a cada cual mejor para el surf, pequeños paraísos donde disfrutar en soledad del océano y de las vistas. Lugares únicos, que se transforman a voluntad del mar. Aunque ninguno como O Portiño, que lo mismo es un «arenal» tranquilo que se convierte en escenario perfecto para comprobar la fiereza del litoral.

Con su tapiz de piedras y grava -los cantos rodados escasean- la de O Portiño no es, ni de lejos, la mejor playa del municipio. Y a pesar de esto, emerge como uno de esos lugares que cualquier guía recomendaría como «imprescindible».

Pero solo el estado del mar decidirá qué versión se encontrará el visitante y cuál es la mejor opción para disfrutar de este recogido puerto, que atrapa sin excepción a cuántos lo ven desde lo alto, a su paso por el vial que conduce al icónico faro de Punta Frouxeira -mirador que ofrece algunas de las mejores panorámicas de la costa de Ferrolterra- desde donde se puede iniciar el camino a pie hacia el «arenal», descendiendo desde lo alto del acantilado.

Para llegar a pie de playa lo más sencillo es acceder desde el cercano arenal de Os Botes, bordeando la piscifactoría tras el cordón de dunas. Este recorrido de apenas cincuenta metros permite dejar atrás coches, gente e industria, hasta descubrir, poco a poco, la pequeña ermita blanca del Porto, levantada sobre un minúsculo islote al que en pleamar no siempre se puede acceder desde la playa por las escaleras esculpidas en la roca.

Un emplazamiento con miga, porque, como cuentan los mayores, los marineros rescataron de las aguas de este arenal una imagen de la virgen que trasladaron tierra adentro. Trabajo baldío, porque, como aseguran, al día siguiente la talla volvía a estar en la playa. Y allí sigue. Y es que este lugar, permanentemente vigilado por el faro, erigido sobre el cercano cantil vertical, tiene magia.

Islote y capilla conforman, junto a las poderosas peñas vecinas, una suerte de dique natural contra el que bate sin piedad el oleaje en días de tempestad, convirtiendo la playa en un espectáculo salvaje. Aunque, sobre todo en verano, O Portiño, ofrece su otra cara. Mar como un plato, tranquilidad y poco más ruido que el acompasado ir y venir de las piedras arrastradas por el mar.

Aunque el interés de la zona no se agota ni mucho menos en el selfi de rigor ni en la impagable puesta de sol, ni en la instantánea del cercano haz de luz iluminando el mar y la ermita.

Y es que en la península de O Portiño, que el visitante podrá recorrer, permite descubrir de vuelta a Os Botes, un poco de la historia local. Un paseo atento permite observar las galerías de las antiguas minas de arsénico, construidas a principios del siglo XX. E igualmente interesante resulta recorrer el entorno del faro, bajo el que se encuentran los túneles militares desde los que se iluminaba la costa para evitar ataques nocturnos a la base de Ferrol.

Las cascadas secuestradas

xosé ameixeiras

En la falda oriental del Pico de Meda, el techo de la Serra do Santiaguiño (Zas), el río Grande, aún chico, se lanza en una serie de cascadas secuestradas por un bosque ribereño junto con molinos y batanes

La Serra do Santiaguiño tiene su techo en el Pico de Meda (566 metros). Está en territorio de Zas, pero casi pisa Coristanco y Santa Comba. En los días claros se puede ver toda la Costa da Morte desde este lugar; hay quien asegura que incluso en alguna ocasión llegó a divisar parte de la bahía de A Coruña. Por su ala oriental discurre el que más abajo será el río Grande, Porto, aún casi riachuelo, sorteando praderas y brañales.

Un poco más abajo de la aldea de Vilar Ramilo (Gándara, Zas) el pequeño cauce llega entre praderas a su montaña rusa particular. Junto al cruce que lleva a Moucos la maleza esconde un prodigio de la naturaleza y de la vieja ingeniería rural. Solo la sinfonía del agua saltando las rocas delata la existencia de las cascadas de O Rabiñoso.

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