Las cascadas secuestradas

En la falda oriental del Pico de Meda, el techo de la Serra do Santiaguiño (Zas), el río Grande, aún chico, se lanza en una serie de cascadas secuestradas por un bosque ribereño junto con molinos y batanes


La Voz

La Serra do Santiaguiño tiene su techo en el Pico de Meda (566 metros). Está en territorio de Zas, pero casi pisa Coristanco y Santa Comba. En los días claros se puede ver toda la Costa da Morte desde este lugar; hay quien asegura que incluso en alguna ocasión llegó a divisar parte de la bahía de A Coruña. Por su ala oriental discurre el que más abajo será el río Grande, Porto, aún casi riachuelo, sorteando praderas y brañales.

Un poco más abajo de la aldea de Vilar Ramilo (Gándara, Zas) el pequeño cauce llega entre praderas a su montaña rusa particular. Junto al cruce que lleva a Moucos la maleza esconde un prodigio de la naturaleza y de la vieja ingeniería rural. Solo la sinfonía del agua saltando las rocas delata la existencia de las cascadas de O Rabiñoso.

Entre el espeso bosque de ribeira se conserva un viejo puente de piedra, por el que en otros tiempos pasaban carruajes, gentes para las ferias y hasta comitivas fúnebres. Hay también tres molinos, en distinto estado de abandono, y en los que, seguramente, se vivieron historias de amoríos y desavenencias entre vecinos, pero ahora son escenario de un largo silencio solo roto por el estallar del agua cayendo por las rocas y el cantar de los pájaros.

Y el prodigio, varias decenas de metros de saltos de agua. La maleza impide contemplarlos en todo su esplendor: muy bien harían las autoridades competentes en llevar a cabo una limpieza en regla. Así, no solo los que estén dispuestos a sortear árboles, arbustos, zarzas, tojos y demás dificultades silvestres puedan ver mínimamente, y que es mucho, y los demás puedan acceder a un lugar tan hermoso. Es una pena que un espacio de estas características presente un abandono tan exagerado.

Más adelante se puede adentrar uno en un prado que suele ser pasto para caballos y descender hasta el límite de las fervenzas de O Rabiñoso. La última es, tal vez, la más completa de todas. Luego, el agua se va mansa y tranquila por un cauce profundo. No por mucho tiempo, sin embargo, pues poco más de un kilómetro lecho abajo el río vuelve a agasajar a los solitarios visitantes con otro milagro paisajístico. En Parga, aldea de la misma parroquia zasense, el río Grande vuelve a precipitarse en una cascada, en este caso de menores dimensiones, pero con encanto igualmente. En la pequeña aldea apenas quedan unas pocas casas habitadas. Los lugareños son tan amables que indican el lugar exacto del encanto natural. En un tramo del río se juntan los restos de un molino y de un batán en ruina, donde antiguamente se tupían las mantas de lana. El estado del espacio dificulta mucho acceder al interior de las viejas construcciones, pero sí se puede admirar cómo el agua se despeña por una roca haciendo una cascada. Según una leyenda, allí se ahogó una moza y su enamorado se fue y vagó por esos mundos, y nunca fue capaz de retornar al escenario de su tragedia. Dicen que en las noches de luna y hay mucho caudal se oye a la joven llamar por su novio.

Río abajo, en Budián, también de Gándara, el río vuelve a lanzarse en otra pequeña cascada.

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