La catedral de los mil colores

La costa oriental de Malpica ofrece un mosaico de acantilados y calas en los que clavar la vista y la mente hasta extasiarse. Ahí está la Furna das Grallas, donde el mar excavó una galería adornada con mil colores


El mar de Malpica es tozudo. Con su labor incansable de siglos ha ido modelando las rocas de la costa. En algunos tramos labró unos acantilados de vértigo y, en otros, playas resguardadas por rocas fornidas en las que se han ido formando furnas o galerías de las que solo saben el propio océano y los percebeiros avezados. Son lugares solitarios que permiten vivencias exclusivas y, sobre todo, inolvidables. Siempre con las Sisargas a la vista como un gran monstruo dormido sobre el Atlántico casi siempre enfebrecido y sanguinario, dispuesto a tragarse a cualquier incauto despistado.

Uno de esos lugares es la Furna das Grallas, una especie de templo natural de unos 60 metros de largo al que solo se puede acceder cuando hay mareas vivas. Desde arriba se puede ver el gran hueco, lugar al que llaman Montefurado. El enorme hoyo no revela el tesoro visual que se puede encontrar abajo. Hay muchas catedrales a las que llaman «de los colores» (Siena, Mallorca, Sevilla, San Basilio de Rusia, etc...) por la variedad de sus mármoles, sus vidrieras góticas, los frescos o las figuras pintadas, pero la verdadera, aunque laica y más natural, está entre la punta Facoleira y la punta Falsa, en uno de los lugares más bravos de la Costa da Morte, con la playa de San Miro y su riachuelo cayendo en cascada adornando su entorno.

La Furna das Grallas es una auténtica catedral de los mil colores. Un espacio que invita a la paz y a la fantasía. Y está muy bien guardado. Protegido de los furtivos que quieran hacerse con sus rocas de múltiples tonalidades. El mar es su centinela. Por eso conviene acompañarse de personal experimentado para descender hasta este prodigio geológico. Para llegar hasta allí es necesario bajar con muchos pies de plomo por el acantilado y haber conseguido que las olas se retiren lo suficiente en los escasos días de mareas vivas. Es una extraordinaria cavidad horadada por el mar en el acantilado con rocas verdes, grises, azules o amarillas, entre otras, e infinidad de tonalidades.

Las anfibolitas y los esquistos, con la labor impagable de líquenes y otros microorganismos, incluso adquieren tonos rosáceos, todo un misterio en una gruta de ensueño.

Ya a la entrada de la Furna das Grallas se exhibe toda la riqueza cromática, unas formas muy singulares imposibles de encontrar fácilmente en otros lugares, ya sea por su variedad o por los matices.

Otro aspecto que da mayor riqueza al conjunto es la fauna. Entre las especies que es fácil examinar a simple vista en esta recóndita furna está la holoturia o pepino de mar, una sorpresa para cualquier neófito, pero también hay variedad de anémonas, caracolas, estrellas de mar y hasta percebes, pero esmirriados por la falta de sol.

Aunque la cueva invita a la contemplación parsimoniosa y a la abstracción, conviene no demorarse demasiado. Cuando el mar llega a la altura de la cavidad lo hace con furia, como si quisiese arremeter contra los intrusos. Un viaje, en suma, que suena mucho a aventura y a la fascinación por tanto adorno natural poco común.

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