El paraíso de los «pajaritólogos»

En la parroquia redondelana de O Viso se encuentra un paraje ecológico incluido en la Red Natura de San Simón


Si hay algo que conocemos bien es la carretera N-550 entre Vigo y Pontevedra. A nadie le gusta que le atraquen y esta vía soporta, y cada vez más, la alternativa para esquivar el peaje de la AP-9. Cuesta imaginar que a su lado tengamos un espacio natural prácticamente desconocido, así que hoy les invitamos a descubrir la ensenada de Soutoxuste, en la parroquia redondelana de O Viso.

El acceso lo encontrarán en el kilómetro 137 de la N-550 (42°19’25.5 N 8°36’53.4 W) donde existe un aparcamiento fácilmente localizable por su habitual vertedero de basuras y, eso sí, tengan cuidado al cruzar la carretera. Nuestra ruta coincide al principio con el Camino portugués por la costa, entre la carretera y la vía del tren, que como ya no estamos en Vigo encontrarán perfectamente señalizado.

En esta primera parte que nos llevará hasta el borde del mar destacamos lo que queda del sobreiral de Santoxuste en el que nos sorprenderá el tamaño de algunas sobreiras seguramente centenarias, en algún caso recientemente descortezadas, lo que indica que todavía algunos vecinos utilizan el corcho de forma ecológica y sostenible. Unas escaleras nos ayudarán a salvar el desnivel y, una vez en la orilla podremos ver los restos de una antigua cetárea de mariscos. Allí cerca desemboca un riachuelo que en tiempos remontaban las anguilas. Todo el suelo está tapizado de algas del tipo lechuga de mar y bocho de mar (fucus spiralis) es decir, una playa sucia para la visión urbanita o lo que es lo mismo, playa natural. El concepto de playa es relativo pues solamente con la marea baja quedan unos metros de arena seca, lo que explica que apenas encontremos gente.

Llegados a este punto conviene aconsejar una consulta previa a la tabla de mareas, pues con marea alta es complicado hacer este tramo sin mojarse. Así empezaremos a bordear la península de Santoxuste dejando a nuestra espalda una hermosa vista de la isla de San Simón y el estrecho de Rande. Al girar hacia el este encontraremos los restos de una rampa de piedra. Allí estuvo hasta principios del siglo pasado un pequeño astillero de carpintería de ribera del que apenas queda esa rampa y sus muros, colindantes con los restos de la torre que presidía el también en ruinas pazo de Santoxuste. Es complicado identificar lo que queda de las edificaciones del siglo XVIII porque muchas viviendas actuales se fueron encajando entre sus estructuras.

Así llegaremos a lo más destacado de nuestra visita, la ensenada. Se trata de un espacio de aguas someras con abundancia de limo en el que muchas especies encuentran alimento y refugio. Estamos en el mundo de las aves. En cualquier época del año, pero especialmente en otoño, miles de aves de docenas de especies acuden aquí en sus migraciones sumándose a otras tantas residentes. Es conveniente recordar que aunque no lo parezca (estas cosas rara vez lo parecen) estamos en un espacio natural protegido que forma parte de la Red Natura de la ensenada de San Simón. Nos faltaría espacio para describir la biodiversidad que podemos contemplar en este paraíso de los pajaritólogos y resto de amantes de la naturaleza. Porque hacen mucho bulto, nos llamarán la atención los cisnes que son viejos conocidos para los habituales de la cabecera de la ría.

La novedad es que este año, tras muchos de intentarlo infructuosamente víctimas de los depredadores naturales pero sobre todo humanos, una pareja consiguió sacar adelante una nidada. Cuatro nuevos cisnes, dos machos y dos hembras, acaban de entrar en la fase juvenil y ya casi compiten en tamaño con sus progenitores.

A su lado, de un blanco impoluto, remueven el lodo en busca de alimento las garzotas, atentamente vigiladas por sus primas mayores las garzas reales y por medio, siempre nerviosos, los andarríos, lavancos, culleretes, asubiones, vuelvepiedras, biluricos, pilros, mazaricos, en fin, que tenemos para elegir. Si no se acordaron de hacerlo ahora se arrepentirán de no haber metido en la mochila unos prismáticos porque nuestras amigas deben ser vistas desde lejos.

En primer lugar, porque insistimos que estamos en un espacio protegido y zona de refugio, por lo que no debemos molestarlas con nuestra proximidad. En segundo lugar, porque si alguien pretende entrar en la ensenada vivirá la experiencia de enterrarse en el lodo hasta las orejas, cosa que no deja de ser una protección eficaz para la fauna.

Un prodigio de adaptación

Se llama verdoaga mariña (halimione portulacoides) Como todas sus primas, que para evitar la competencia se atrevieron a vivir en un lugar extremadamente hostil para una planta como es el borde del mar, son un prodigio de adaptación. Crecen muy pegadas al suelo y agrupadas para soportar el viento. Sus colores son grises claros para reflejar el calor y se riegan con las salpicaduras del mar y sudan la sal que les llega con la misma. Tras lavarlas bien, los marineros las consumían crudas o cocidas. No lo hagan ahora porque están en peligro y protegidas.

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